Nueva quema de droga incautada por la Policía de la Ciudad

Nueva quema de droga incautada por la Policía de la Ciudad: la segunda en lo que va del año

Hoy, en la cuna del descanso eterno, el Cementerio de Chacarita, la Policía de la Ciudad llevó a cabo una incineración de drogas de proporciones épicas. ¡Sí, mis queridos lectores, lo escucharon bien! ¡La droga más despreciable y peligrosa fue reducida a cenizas en una llama ardiente!

Pero, ¿de qué drogas estamos hablando? Les contaré todos los detalles. Estamos hablando de una carga impresionante de cocaína, marihuana y drogas sintéticas. Estas sustancias prohibidas y nefastas fueron decomisadas en dos operativos antinarcóticos realizados por nuestros héroes del Departamento de Lucha Contra el Crimen Organizado de la Policía de la Ciudad. ¡Un trabajo digno de admirar!

El evento fue presidido por nada más y nada menos que el subsecretario de Seguridad Comunal e Investigación Criminal de la Ciudad, el señor Aníbal Falivene, quien estuvo acompañado por el director general del área, el talentoso Maximiliano Piñeiro, y el jefe de la Superintendencia de Lucha contra el Crimen Organizado de la Policía de la Ciudad, el valiente Comisario General Alejandro Attili. ¡Un trío de lujo!

En esta ocasión, la quema de sustancias ilícitas fue todo un espectáculo. ¡Se redujeron a cenizas alrededor de 60 kilos de marihuana, 7 kilos de cocaína y unas 90 pastillas que contenían éxtasis, LSD y otras drogas sintéticas! ¡Una cantidad abrumadora de maldad consumida por el fuego!

Nuestro incansable subsecretario, el señor Falivene, no dudó en destacar la importancia de este acto. Afirmó con convicción que la quema de drogas es una demostración de garantía hacia la población, una señal de que todo lo que se incauta por la Policía de la Ciudad termina siendo destruido. ¡Una manera de mantener nuestras calles limpias de esta porquería!

Pero no solo eso, mis amigos, hay algo más. En su discurso, el señor Falivene no pudo evitar resaltar la importancia de desmantelar y encarcelar a estas bandas que siembran violencia en nuestros adorados barrios. ¡No permitiremos que vuelvan a pisar las calles, queridos lectores! ¡La justicia prevalecerá y ellos pagarán por sus crímenes!

Para agregar más sabor a esta historia, nuestro intrépido Comisario General Attili compartió con nosotros algunos detalles de los operativos que llevaron a este gran golpe contra el narcotráfico. Nos habló de un operativo llamado “Fondo Blanco”, que se remonta al año 2020. En ese entonces, se descubrió un Volkswagen Bora que ocultaba diez kilos de cocaína de máxima pureza. El conductor fue arrestado, pero eso fue solo el comienzo.

A partir de ese hallazgo, los investigadores descubrieron que la droga seguía ingresando desde el norte argentino y que se utilizaban autos particulares para transportarla hasta nuestra amada Ciudad y distribuirla en los barrios más vulnerables. ¡Una trama digna de una película de acción!

Con la información brindada por los incansables investigadores, el Juzgado Nacional en lo Criminal y Correccional Federal 4, bajo la dirección del Dr. Ariel Lijo, envió órdenes en marzo del año pasado para realizar tareas en las provincias del Norte. Fue así como los valientes oficiales de la Policía de la Ciudad se trasladaron hasta Jujuy, donde descubrieron que la droga llegaba desde ese lugar.

Sigan leyendo, porque esto se pone aún mejor. Durante la investigación, se centraron en una Ford Ecosport que, paso a paso, fue seguida hasta que finalmente fue interceptada el 29 de marzo de 2021 frente a una estación de servicio en la avenida General Paz, en el barrio de Saavedra. ¿Pueden creerlo? En la camioneta iba una pareja con su adorable hijita de cuatro años. ¡El peligro acechaba tan cerca de un inocente angelito!

Nuestros queridos perros adiestrados de la División Canes, fieles guardianes de la ley, detectaron la posible presencia de estupefacientes. Por lo tanto, el vehículo fue trasladado a la sede policial para un minucioso registro. Y, ¡sorpresa!, entre las partes del auto se encontraron seis paquetes que contenían un total de 6,563 kilogramos de cocaína de máxima pureza. ¡Una cantidad impactante que hubiera generado miles de dosis en el mercado negro, valoradas en 250 mil dólares!

Pero aquí no termina la historia, mis queridos lectores. Estos paquetes tenían un sello muy particular, un símbolo de un delfín. Según nuestras fuentes confiables de otras dependencias policiales y la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC, por sus siglas en inglés), este símbolo correspondería al laboratorio boliviano-colombiano del Clan Castedo. ¡Pero eso no es todo! También se sabe que este símbolo se utiliza en la distribución por parte del famoso Cartel del Golfo, con sede en México. ¡Una red de narcotráfico internacional que ha sido desafiada y derrotada!

Pero agárrense bien, porque aún hay más. El otro decomiso ocurrió el 9 de septiembre de 2021, cuando un Ford Focus fue detenido en la avenida 27 de Febrero y la autopista Cámpora, en el barrio de Villa Soldati. Los oficiales, con su olfato bien entrenado, notaron que los ocupantes se pusieron nerviosos al ser requeridos para identificarse. ¿Qué estarían ocultando?

Por supuesto, nuestros valientes representantes de la ley no se dejaron engañar. Solicitaron que abrieran el baúl y allí se encontraron con un alijo impresionante. ¡Sí, señoras y señores, encontraron nada más y nada menos que 124 paquetes de marihuana, con un peso total de 93,8 kilogramos! ¡Una cantidad abrumadora de hierba del diablo! Los dos ocupantes del vehículo, de nacionalidad paraguaya y jóvenes de tan solo 26 y 25 años, fueron detenidos de inmediato y puestos a disposición de la justicia.

Para ponerle la cereza al pastel, recordemos que esta no es la primera vez que la Policía de la Ciudad lleva a cabo una quema de drogas. A principios de este año, en enero, se incineraron nada menos que 716 kilogramos de marihuana que habían sido decomisados durante el 2021. ¡Una forma efectiva de enviar un mensaje claro a los delincuentes y mantener nuestro territorio libre de sustancias ilícitas!

La Policía de la Ciudad, con su valentía y perseverancia, ha logrado desbaratar a estas bandas de delincuentes que amenazan la seguridad de nuestros barrios. ¡Sigamos apoyando a nuestras fuerzas de seguridad en esta batalla sin cuartel contra el crimen!

Recuerden, la droga es un flagelo que no podemos permitir en nuestras calles. Sigamos luchando juntos por una sociedad más segura y libre de estas sustancias que solo traen destrucción. 

Esta ceremonia de quema de droga en el Cementerio de la Chacarita marca el inicio de un nuevo año en lo que respecta a la destrucción de estupefacientes por parte de la Policía de la Ciudad. En el año 2020, esta fuerza de seguridad logró incinerar más de 6.000 kilogramos de droga, evidenciando su compromiso y determinación en la lucha contra el narcotráfico y en la protección de la seguridad y el bienestar de los ciudadanos de Buenos Aires. Operativos como “Brujas Verdes” y “Fondo Blanco” demuestran la efectividad de las acciones implementadas, así como la importancia de la colaboración entre distintas instituciones y la utilización de tecnología avanzada para combatir este grave problema social.

En conclusión, la Policía de la Ciudad continúa trabajando arduamente para erradicar el tráfico de drogas en los barrios porteños, protegiendo a la población y construyendo una Ciudad más segura. Estos exitosos operativos demuestran la determinación y el compromiso de las fuerzas de seguridad argentinas en la lucha contra el narcotráfico, y nos recuerdan la importancia de seguir combatiendo este flagelo que afecta a nuestra sociedad. Solo a través de la colaboración y el trabajo conjunto podremos asegurar un futuro libre de drogas para nuestras generaciones venideras.

La venta de estupefacientes en Argentina tiene profundas raíces históricas que se remontan décadas atrás. En la década de 1970, durante el auge del narcotráfico en América Latina, nuestro país se convirtió en un lugar estratégico para la producción y distribución de drogas ilegales. En aquel entonces, las bandas criminales comenzaron a aprovecharse de las redes de corrupción y la falta de controles eficientes para establecer sus operaciones en el territorio argentino.

Uno de los aspectos fundamentales para entender la magnitud de este problema es comprender la geografía de Argentina. Nuestro país cuenta con un extenso litoral marítimo, que se extiende a lo largo de más de 4.700 kilómetros, convirtiéndolo en un punto clave para el tráfico de drogas provenientes de países productores de la región. Además, nuestras vastas áreas rurales y la porosidad de nuestras fronteras proporcionan a las organizaciones criminales una amplia gama de rutas para el ingreso y la distribución de estupefacientes.

Una de las rutas más utilizadas es conocida como la “Ruta de la cocaína”. Esta vía se extiende desde los países andinos, como Bolivia, Perú y Colombia, hasta Argentina. Las provincias de Salta, Jujuy, Tucumán y Santiago del Estero, entre otras, se han convertido en corredores estratégicos a lo largo de esta ruta, donde los narcotraficantes aprovechan la fragilidad de las instituciones y la falta de recursos para controlar exhaustivamente estos territorios.

Pero no solo las rutas terrestres son utilizadas por las organizaciones criminales. Los puertos argentinos también juegan un papel fundamental en el ingreso de drogas al país. Las bandas narcotraficantes emplean diversas estrategias para evadir los controles aduaneros, como ocultar la droga en contenedores legítimos o utilizar embarcaciones más pequeñas para introducir las sustancias ilícitas en nuestro territorio. Incluso han surgido métodos cada vez más sofisticados, como el narcotráfico submarino, en el que se utilizan submarinos artesanales para transportar grandes cargamentos de droga sin ser detectados.

La venta de estupefacientes no solo representa una amenaza para la salud pública, sino que también socava la seguridad y la estabilidad social. Las bandas criminales que controlan este lucrativo negocio no dudan en utilizar la violencia como medio para proteger sus intereses y eliminar a aquellos que se interponen en su camino. Esta violencia se manifiesta en enfrentamientos entre bandas rivales, ajustes de cuentas y extorsiones, generando un clima de miedo y desconfianza en las comunidades afectadas.

Para hacer frente a esta problemática, el gobierno argentino ha implementado una serie de medidas y políticas destinadas a combatir el narcotráfico. Se ha fortalecido la colaboración con otros países y se han establecido acuerdos de cooperación internacional para intercambiar información y coordinar acciones conjuntas. Además, se han destinado recursos adicionales para fortalecer las fuerzas de seguridad, mejorar la capacidad de investigación y controlar de manera más eficiente las fronteras.

No obstante, a pesar de los esfuerzos realizados, el narcotráfico continúa representando un desafío constante para nuestra sociedad. Las organizaciones criminales se adaptan y evolucionan constantemente, utilizando nuevas tecnologías y métodos para eludir los controles y mantener sus operaciones. Esta realidad nos exige estar un paso adelante, fortaleciendo aún más nuestras instituciones y promoviendo una cultura de denuncia y participación ciudadana activa.

Es importante destacar que el combate contra el narcotráfico no es responsabilidad exclusiva del Estado. Todos los miembros de nuestra sociedad tienen un rol fundamental que desempeñar en esta lucha. Desde la familia y la educación, hasta las organizaciones comunitarias y los medios de comunicación, cada uno de nosotros puede contribuir a generar conciencia sobre los riesgos y consecuencias del consumo de drogas y colaborar en la prevención y rehabilitación de las personas afectadas.

En resumen, el narcotráfico en Argentina es un problema complejo y arraigado en nuestra sociedad. A lo largo de la historia, hemos sido testigos de su evolución y de los graves problemas que genera en términos de salud, seguridad y estabilidad social. Sin embargo, también sabemos que es posible vencer esta batalla. Con una estrategia integral, basada en la colaboración entre el Estado, la sociedad y las fuerzas de seguridad, podemos construir un futuro libre de drogas, donde prime la paz, la seguridad y el bienestar de todos los argentinos.

Un punto donde todo parece estar muy mal, donde parece ser la base del narcotráfico en Argentina es en Rosario.

Rosario, una ciudad conocida por su encanto y vitalidad, ha sido azotada por una ola de violencia y crimen que parece no tener fin. Durante los últimos diez años, la cantidad de personas asesinadas ha alcanzado cifras alarmantes: 2327. Detrás de este número frío y distante se esconde un profundo dolor que afecta a toda la comunidad.

La violencia en Rosario estalló en 2012 con la llamada guerra narco y desde entonces no ha logrado detenerse. En 2010, se cometieron 97 crímenes, una cifra que ya preocupaba a las autoridades y superaba ligeramente los números de la ciudad de Córdoba. Sin embargo, este año la situación podría empeorar aún más, ya que hasta ahora se han registrado 221 asesinatos, y es posible que supere los 264 crímenes ocurridos en 2013, cuando la ciudad alcanzó uno de sus picos más altos de violencia. La tasa de homicidios también podría superar los 21 asesinatos por cada 100.000 habitantes, acercándose peligrosamente a los 30.

Una comparación escalofriante revela la magnitud del problema en Rosario. En 2020, en todo el país hubo 2416 víctimas de homicidios dolosos, mientras que en Rosario hubo 213, lo que representa un preocupante 9% del total a nivel nacional. La tasa de asesinatos en la ciudad cuadriplica la media nacional, lo que demuestra la gravedad de la situación.

Durante mucho tiempo, se ha comparado a Rosario con la ciudad colombiana de Medellín debido a su historia vinculada al narcotráfico en la década de 1990. Sin embargo, estas comparaciones no reflejan la realidad actual de Rosario. Medellín ha experimentado grandes cambios a nivel urbano y social, y su tasa de homicidios se sitúa en 15,6 por cada cien mil habitantes. Si Rosario supera los 21 asesinatos por cada 100.000 habitantes, se puede interpretar que la ciudad está peor que la capital de Antioquia.

Si observamos la evolución de la violencia en Rosario en los últimos años, se evidencia un salto significativo en las estadísticas. En 2010, se cometieron 97 asesinatos, una cifra considerada “tolerable” en ese momento. Sin embargo, entre enero y abril de este año, se registraron 99 homicidios, casi la misma cantidad de personas que murieron violentamente en todo el año 2010.

La violencia en Rosario tiene profundas raíces y orígenes. En 2010, Máximo Cantero, conocido como “El Viejo” y fundador de la banda narco Los Monos, fue detenido por primera vez por un delito relacionado con las drogas. Cantero llevaba 23 años involucrado en el comercio de marihuana y hacía promesas a la Virgen de un pueblo en Corrientes mientras expandía su negocio criminal. Hoy en día, su nieto Nahuel, de 20 años, que se encargaba del negocio narco después de su detención este año, fue asesinado, en un tiroteo en Rosario en un episodio que refleja la violencia y la rivalidad entre bandas delictivas en la ciudad.

La presencia de grupos criminales y el tráfico de drogas han contribuido significativamente a la espiral de violencia en Rosario. Bandas como Los Monos, Los Funes y otras organizaciones delictivas han establecido un control territorial y se han involucrado en enfrentamientos violentos por el dominio de las actividades ilegales.

Las autoridades han implementado diversas estrategias para combatir la violencia en Rosario, como el despliegue de fuerzas de seguridad adicionales, la creación de unidades especializadas en la lucha contra el crimen organizado y la implementación de programas de prevención del delito. Sin embargo, a pesar de estos esfuerzos, la violencia persiste y sigue afectando a la comunidad.

La situación en Rosario es compleja y multifacética, y las soluciones a largo plazo requieren abordar no solo los aspectos de seguridad, sino también las causas subyacentes de la violencia, como la pobreza, la exclusión social y la falta de oportunidades. Es necesario un enfoque integral que involucre a diferentes actores, incluidas las autoridades, la sociedad civil y la comunidad en general, para abordar eficazmente este problema y buscar un cambio duradero.

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