Mientras la crisis golpea con fuerza en las calles, fue consolidado un fenómeno político sin precedentes: la utilización sistemática de enemigos simbólicos por parte del presidente Javier Milei. En vez de confrontar a la política tradicional, fueron elegidos artistas populares como blanco discursivo. Fue señalado un patrón psicológico de desplazamiento emocional, y fue evidenciado un vacío de acuerdos institucionales como telón de fondo.
En la Argentina gobernada por Javier Milei, fue instaurada una lógica discursiva que esquiva deliberadamente a los actores políticos tradicionales y coloca en su lugar a figuras del espectáculo, del arte y de la cultura popular. No se trató de errores comunicacionales aislados ni de reacciones espontáneas: fue diseñada una estrategia emocional que responde a una lógica psico-política de transferencia y manipulación.
Fue protagonizado el último episodio por Ricardo Darín y Lali Espósito. El primero, por haber osado comentar en televisión el alto precio de las empanadas. La segunda, por haberlo defendido públicamente y haber señalado la toxicidad del clima político actual. En ambos casos, no se discutieron ideas, sino identidades: fueron atacadas sus personas, no sus argumentos.
Fueron elegidos los enemigos por su potencia simbólica, no por su poder real
A diferencia de los adversarios políticos tradicionales —gobernadores, diputados, bloques parlamentarios—, las figuras elegidas por Milei para sus embates no poseen representación institucional, capacidad legislativa ni estructura partidaria. Fueron seleccionadas, en cambio, por su capacidad de interpelar emocionalmente al ciudadano común.
Ricardo Darín representa al argentino promedio con conciencia social y mirada reflexiva. Lali, a la juventud sensible que no reniega del compromiso. Fueron elegidos como blancos no por su poder, sino por su cariño popular. Se sabe que en política, el afecto puede ser más peligroso que el poder.
Fue evitado el conflicto real y fue preferido el show de la confrontación simbólica
No fue enfrentado el poder judicial, pese a los escándalos de corrupción estructural. No fue confrontado el empresariado prebendario, ni fueron cuestionadas las elites financieras que presionan por una dolarización forzada. En su lugar, fue creada una narrativa donde los artistas se volvieron el enemigo imaginario.
La táctica responde a un mecanismo psicológico clásico: el desplazamiento. Fue proyectada la frustración social sobre figuras visibles y accesibles, más fáciles de atacar que los verdaderos responsables de las injusticias. Como un paciente que, en lugar de gritarle al padre que lo abandonó, patea la silla.
Fue detectado un narcisismo de poder: la necesidad constante de validar el yo presidencial
Desde la psicología política, fue advertido un patrón narcisista que define gran parte de la conducta pública del presidente. Se observa una necesidad compulsiva de aprobación, acompañada por una intolerancia total a la crítica. Fue reactualizada la figura del “mandril” para todo aquel que no adhiera a su visión del mundo.
Fueron celebrados los elogios, y fueron inmediatamente perseguidos los disensos. Es en ese espejo emocional donde se entienden mejor las reacciones violentas contra Darín, Lali, Fito Páez, o cualquier otro que ose opinar desde un lugar no subordinado al relato oficial.
Fue diagnosticada una incapacidad para la negociación como forma de relación política
La política fue reemplazada por la performance. El Congreso fue convertido en obstáculo. La oposición, en escoria. Y el acuerdo, en debilidad. Fue implantado un modelo de comunicación binaria: o se está con Milei o se está contra él. No fueron admitidos los matices, ni se permite el disenso sin castigo.
Por eso, fue evitado el diálogo con el peronismo racional, y fue bastardeado el PRO mientras se lo utiliza como soporte legislativo. Fue mantenida una relación de chantaje permanente: se pide lealtad a cambio de desprecio. Así, se impide la construcción de alianzas verdaderas. No fue forjado ningún consenso estratégico. Solo fue consolidada una base de adoración acrítica.
Fue reducida la complejidad política a una narrativa de redes sociales
En vez de discutir la ley Bases, el ajuste a los jubilados o el vaciamiento del Garrahan, se habla de empanadas. Fue desplazada la agenda institucional por una lógica de trending topics. Fue impuesta una velocidad digital que impide cualquier reflexión real.
Mientras los índices de inflación se recalientan y la recesión devora el consumo interno, se desvía la conversación pública hacia lo anecdótico, lo emocional, lo visceral. Así, fue ocultada la ineficiencia con espectacularidad. Fue disfrazada la parálisis del Estado con el ruido de Twitter.
Fue debilitada la democracia cuando se dejó de representar a quienes piensan distinto
En última instancia, lo más preocupante no es el conflicto con los artistas. Lo que fue erosionado es el principio básico de representación política. Fue borrada la diferencia entre gobernar y tuitear. Fue eliminada la idea de que el presidente debe hablarle a todos, incluso a quienes no lo votaron.
Cuando se convierte a la disidencia en traición y a la opinión en enemigo, es la democracia la que termina bajo fuego. No fue sólo atacado Darín. Fue atacado el derecho de opinar sin ser arrastrado al barro digital de los insultos oficiales.
Fue edificado un castillo discursivo sobre el barro de la polarización emocional. Fue sostenido con trolls, micrófonos y arengas, pero no con políticas reales. El problema no es que Milei critique artistas. El problema es que no gobierna: improvisa, descalifica y confunde rating con poder real.
Y mientras el pan desaparece, se entretiene al pueblo con el circo.