En el mundo del deporte, no todo pasa por los entrenamientos ni por la táctica. Hay rituales silenciosos que sobreviven a la modernidad, y uno de ellos vuelve a ganar terreno en vestuarios y casas de atletas: los baños de inmersión con sal gruesa. Después de la exigencia física, cuando el cuerpo pide alivio, el agua tibia y los cristales de sal se convierten en un refugio para piernas cargadas y músculos golpeados. De las canchas al baño, un clásico de ayer que hoy se reinventa.
En casas porteñas y de todo el país, una costumbre que parecía olvidada está recuperando su lugar: el baño de inmersión con sal gruesa. Aunque los médicos insisten en que no cura enfermedades crónicas, como la diabetes, cada vez más gente recurre a esta práctica como complemento para relajar el cuerpo y mejorar la circulación.
La escena se repite en los departamentos de Palermo, en casonas antiguas de Belgrano y hasta en pueblos del interior: llenar la bañadera con agua tibia, volcar dos kilos de sal gruesa y sumergirse durante 20 minutos. El ritual, transmitido de abuelas a nietos, busca “sacar el cansancio” y aliviar piernas y pies hinchados.
Especialistas en medicina clínica señalan que estos baños no sustituyen los tratamientos para la diabetes, pero sí pueden aportar beneficios indirectos. “El agua con sal ayuda a desinflamar, relajar la musculatura y mejorar la circulación periférica. Todo eso suma, siempre que se cuide la piel y no se utilice agua demasiado caliente”, advierte el doctor Alejandro Gutiérrez, médico clínico del Hospital Ramos Mejía.
En personas con diabetes, el riesgo principal está en la pérdida de sensibilidad en los pies. Por eso, los profesionales recomiendan precaución: revisar la temperatura del agua, evitar la práctica si hay heridas abiertas y secar muy bien la piel después.
¿Por qué volvió esta costumbre? Algunos señalan que es por la búsqueda de remedios caseros frente al estrés y la vida acelerada. Otros hablan de nostalgia: una forma de traer al presente los cuidados simples de antes.
Los baños de sal gruesa, que hace décadas eran parte del botiquín familiar junto al alcohol y la lavanda, se transformaron en un momento de bienestar hogareño. Y aunque no curan la diabetes ni reemplazan la dieta, el ejercicio y la medicación, sí ofrecen algo difícil de conseguir en estos tiempos: calma.
En tiempos de exceso de pantallas y poco descanso, la pregunta queda flotando: ¿es momento de volver a los rituales de siempre para cuidar el cuerpo y la cabeza?