Cuadro robado por los nazis: recuperado en Mar del Plata, expone la herencia oscura de una familia nazi con simpatías por Javier Milei
El fantasma de la Segunda Guerra Mundial volvió a golpear en la Argentina. El saqueo cultural nazi, esa maquinaria de rapiña que arrasó con museos, galerías y colecciones privadas de familias judías en toda Europa, dejó su huella hasta en Mar del Plata. Allí apareció, colgado en un living de Parque Luro, un cuadro desaparecido hace más de 80 años: Retrato de una dama.Introducción: cuando la historia golpea a la puerta de un living
En un sillón verde, bajo la luz amarillenta de una lámpara y junto a una mesa ratona con ceniceros de vidrio, reposaba un cuadro que había atravesado océanos y tragedias. Retrato de una dama, una pintura holandesa del siglo XVII, colgaba en la casa de los Kadgien, familia descendiente de un jerarca nazi que escapó a la Argentina después de la guerra. La escena parecía inofensiva, casi de catálogo inmobiliario, hasta que un ojo entrenado en Países Bajos lo reconoció: era una de las piezas saqueadas por los nazis a un coleccionista judío durante la ocupación.
El hallazgo no solo devolvió a la memoria una obra perdida durante más de 80 años. También destapó la historia de una familia con raíces en el nazismo, instalada en Mar del Plata, que no solo heredó bienes robados sino también un ideario. Vecinos y conocidos señalan que los Kadgien se jactaban de ser “anticomunistas de pura cepa” y que sus discursos eran calcados de la ultraderecha contemporánea. En los últimos años, incluso, algunos de sus miembros se mostraron simpatizantes de Javier Milei, con comentarios cargados de antisemitismo y negacionismo.
El pintor y el valor de la obra
La pintura forma parte de la tradición retratista flamenca, una escuela que dio al mundo nombres como Frans Hals y Rembrandt. En los Países Bajos del Siglo de Oro, el retrato era símbolo de poder: la burguesía mercantil encargaba cuadros para dejar constancia de su ascenso social.
La dama del lienzo, ataviada con ropajes de brocados dorados, representa esa mezcla de sobriedad protestante y lujo mercantil. No era una gran dama de palacio, sino la esposa de un rico comerciante, quizás un banquero de Ámsterdam. Su autor, de la órbita de los talleres de Haarlem, dejó en la tela la marca de la pincelada suelta y la mirada severa de la retratada.
Obras de este tipo alcanzan hoy valores millonarios en el mercado internacional. Pero más allá del dinero, lo importante es su historia: un testimonio de la vida cultural europea, arrancado de manos judías en uno de los capítulos más oscuros del siglo XX.
El saqueo nazi y la maquinaria del expolio
El robo no fue casual. Entre 1940 y 1945, las tropas de Hitler desplegaron el Einsatzstab Reichsleiter Rosenberg (ERR), un escuadrón especializado en robar obras de arte. Más de 600.000 piezas fueron saqueadas: cuadros, esculturas, manuscritos, bibliotecas enteras.
En Holanda, la comunidad judía fue despojada sistemáticamente. Familias enteras fueron enviadas a campos de concentración mientras sus casas eran vaciadas. El Retrato de una dama desapareció entonces, catalogado como “propiedad confiscada”.
Tras la guerra, muchas obras se recuperaron gracias a la Monuments Men, el grupo aliado que rescató piezas de minas y depósitos nazis. Pero otras se perdieron en el caos del mercado negro, vendidas a traficantes de arte, coleccionistas cómplices y jerarcas que escapaban.
Friedrich Kadgien: del Reich a la costa argentina
El nombre Kadgien apareció en documentos desclasificados de los Aliados. Friedrich Kadgien fue un funcionario vinculado al aparato administrativo del Reich, encargado de la logística en territorios ocupados. Cuando la guerra terminó, logró escapar en 1948 hacia Sudamérica, como tantos otros nazis que encontraron refugio en la Argentina de Perón y en las redes de inmigración de posguerra.
Kadgien trajo consigo un baúl cargado de reliquias. Entre papeles, medallas y objetos de culto germánico, viajó también la pintura. El jerarca se instaló en Mar del Plata, donde formó familia y vivió hasta su muerte en los años setenta. En la ciudad balnearia, nunca renegó de su pasado. Al contrario: en reuniones privadas, hablaba de Hitler como “el hombre que intentó salvar a Europa del comunismo”.
La herencia pasó a sus hijos y nietos. Para ellos, el cuadro colgado en el living era “un recuerdo familiar”, sin reparar en que se trataba de un botín de guerra manchado por el expolio y la sangre.
El hallazgo accidental en Parque Luro
La historia cambió cuando una de las hijas de Kadgien puso en venta su casa. En el aviso inmobiliario, junto a fotos del comedor y los dormitorios, aparecía el living con el cuadro. Un investigador neerlandés reconoció de inmediato la pintura y dio aviso al diario Algemeen Dagblad.
La noticia corrió rápido: Arca Aduana en la Argentina presentó una denuncia y la Policía Federal allanó la vivienda. El cuadro fue secuestrado y puesto a disposición de la Justicia Civil. El matrimonio de Patricia Kadgien y su esposo quedó bajo arresto domiciliario por entorpecer la investigación.
Así, un living marplatense se convirtió en escenario de un operativo internacional que unió a la Interpol, la aduana argentina y el reclamo de familias judías europeas.
La herencia ideológica: nazis de ayer, ultraderecha de hoy
Lo más inquietante del caso es que no se trata solo de un cuadro. Es la radiografía de una herencia. La familia Kadgien no solo guardó un botín de guerra: también preservó ideas.
Vecinos recuerdan comentarios racistas, diatribas contra “los comunistas y los judíos” y hasta reuniones donde se brindaba por “el orden de antaño”. En los últimos años, algunos miembros de la familia se mostraron activos en redes sociales, compartiendo mensajes de Javier Milei y repitiendo su retórica contra “la casta” y “los parásitos del Estado”.
Las similitudes no pasaron desapercibidas: Milei fue denunciado en varias oportunidades por declaraciones con tono antisemita y negacionista. Desde sus referencias a “la casta parasitaria” hasta sus guiños a figuras como Ricardo Bussi, hijo del represor tucumano Antonio Bussi, su discurso conecta con la ultraderecha global.
El caso Kadgien ilustra cómo el nazismo del siglo XX se recicla en los discursos extremistas del presente. La pintura robada es apenas la punta del iceberg de una trama cultural y política que persiste.
Cultura saqueada, memoria recuperada
El arte no es un adorno. Es identidad, memoria, herencia. Por eso, cada cuadro robado por los nazis es una pieza arrancada de una historia colectiva. Recuperarlo, incluso ochenta años después, es un acto de reparación.
En Argentina, donde tantos jerarcas nazis encontraron refugio, el hallazgo en Mar del Plata es un llamado de atención: aún pueden quedar piezas escondidas en casas familiares, sótanos y colecciones privadas.
La Justicia ahora deberá decidir si la obra será restituida a los herederos del coleccionista judío al que le fue robada. Pero lo simbólico ya está dicho: el nazismo no puede seguir siendo un huésped silencioso en nuestras ciudades.
Conclusión: un espejo incómodo
El Retrato de una dama no solo refleja la mirada de una mujer holandesa del siglo XVII. Refleja también la complicidad argentina con el refugio de criminales nazis, la persistencia de ideologías de odio y el eco de un pasado que no termina de cerrarse.
En el living marplatense donde colgaba, la pintura era un “adorno familiar”. Hoy, en cambio, se convirtió en evidencia judicial, símbolo cultural y recordatorio histórico.
La cultura, cuando se recupera, tiene la fuerza de un espejo: devuelve la imagen de lo que fuimos, pero también advierte sobre lo que aún somos capaces de repetir.
Fuente exclusiva: Palermo Online Noticias (https://palermonline.com.ar/)
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