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Comunidad y arte: la identidad cultural argentina en tiempos de fragmentación
Desde la calle Corrientes hasta las sinagogas porteñas, la cultura argentina se debate entre el individualismo posmoderno y la necesidad de reencontrarse como comunidad. ¿Puede el arte salvarnos del aislamiento?
En la calle Corrientes, donde las librerías y los teatros son templos de la cultura, el arte argentino sigue marcando tendencia. Pero, ¿estamos en una nueva era dorada o en una encrucijada creativa? Mientras las redes sociales multiplican las voces, muchos artistas y pensadores porteños insisten en una verdad antigua: sin comunidad, no hay cultura.
Inspirado por el comentario del Rabino Sacks sobre la parashá Vayakel, se recordó que Moisés, luego del episodio del Becerro de Oro, no sólo buscó el perdón divino sino que también reunió al pueblo. “Vayikahel”, dice la Torá: los congregó. Ese verbo —reunir, congregar— reaparece con fuerza en el debate cultural argentino actual. ¿No será hora de volver a juntarnos, como comunidad creativa?
El arte como redención colectiva
El teatro independiente, las ferias de libros autogestionadas, los ciclos de arte multidisciplinario como Generala de Ases y los cafés literarios de barrio no son meras expresiones aisladas de talento. Son espacios de reunión, de kehilá, como se diría en hebreo. Son nuestro Mishkán porteño: lugares donde se consagra lo humano a través de lo simbólico.
En este marco, cabe preguntarse: ¿qué papel cumplen hoy las instituciones culturales? ¿Están funcionando como el Shabat contemporáneo, un espacio común donde dejar las preocupaciones privadas para celebrar lo colectivo? ¿O se han transformado en vitrinas elitistas que privilegian el “yo” por sobre el “nosotros”?
¿Cultura de consumo o cultura comunitaria?
El filósofo Michael Walzer diferenciaba con lucidez entre las vacaciones y el Shabat. Las vacaciones son privadas, se compran. El Shabat, en cambio, es público, compartido, vivido como comunidad. Lo mismo ocurre con el arte. El arte de consumo —ese que se programa, se monetiza y se transforma en algoritmo— no construye comunidad. En cambio, el arte de barrio, el cine nacional, los murales políticos y las murgas del conurbano siguen cumpliendo el rol sagrado de reunir, de recordar que “no es bueno que el hombre esté solo”.
En palabras del sociólogo Christakis y su colega Fowler, nuestras decisiones se ven profundamente influenciadas por quienes nos rodean. Si el entorno cultural valora el pensamiento crítico, la belleza, la historia y el encuentro, esos valores se expanden como una red de neuronas. ¿Pero qué ocurre cuando el entorno promueve la banalidad, la indiferencia o la fragmentación?
Una calle Corrientes para todos
En tiempos donde la soledad parece haberse convertido en pandemia emocional, recuperar el sentido de comunidad es más urgente que nunca. Y no sólo desde la religión o la política, sino desde el arte, desde la cultura argentina, desde los cafés literarios, los talleres de pintura en Boedo, los ciclos de poesía en Almagro, el teatro de Villa Crespo y las peñas folclóricas que sobreviven en Chacarita.
Porque si Moisés entendió que el pueblo debía ser reeducado en el tiempo (Shabat) y en el espacio (Mishkán), nuestros artistas hoy también entienden que el pueblo necesita reunirse, reconocerse y celebrarse. La literatura nacional, el cine argentino, el teatro porteño y el arte contemporáneo siguen siendo formas de tikkun: de reparación simbólica frente al becerro de oro moderno que nos aísla frente a las pantallas.
¿Hacia dónde va nuestra identidad cultural?
En un mundo donde la cultura se transforma a pasos agigantados, Argentina sigue aportando arte y pensamiento. Pero la gran pregunta sigue en pie: ¿seguimos construyendo comunidad o estamos cayendo en el espejismo del individualismo cultural?
Si usted quiere participar en este debate, envíe un mail a lectores@palermonline.com.ar. Mario José, desde el corazón de la cultura, los espera para escuchar sus preguntas y opiniones.
Fuente: Palermo Online Noticias