El hallazgo del cuadro Retrato de una dama en Mar del Plata destapó algo mucho más oscuro que una simple obra perdida en la marea de la Segunda Guerra. Patricia Kadgien y su esposo Juan Carlos Cortegoso, hoy imputados por encubrimiento agravado, cargan en sus espaldas con un linaje y un accionar que los vincula al más repugnante costado de la historia: el nazismo y la carroña que éste dejó en el Río de la Plata.
El linaje de la infamia
Kadgien no es una improvisada. Su apellido está ligado a jerarcas menores del nazismo refugiados en la Argentina, esos que llegaron en barcos o en vuelos secretos con documentación “limpia” y bolsos llenos de piezas robadas a familias judías, mientras Europa ardía. La herencia que recibió no fue solo genética, sino cultural: la práctica del ocultamiento, del negocio sucio, de la mentira organizada.
Cortegoso, por su parte, jugó siempre a la sombra. Empresario de medio pelo, habitué de la política local, se lo vio durante años moviéndose en ambientes de ultraderecha criolla, con simpatías mal disimuladas por ideologías autoritarias. El matrimonio se dedicó a encubrir, comerciar y proteger aquello que jamás les perteneció.
Los aportes a Milei: dinero sucio en campaña
No alcanza con contar la historia familiar. Hay que hilar fino en el presente: fuentes judiciales y políticas ya habían deslizado que tanto Kadgien como Cortegoso participaron con aportes financieros y contactos en la campaña presidencial de Javier Milei.
Los datos no son menores. El libertario, que gusta hablar de libertad, se vio sostenido en parte por dinero de dudosa procedencia, proveniente de personajes con vínculos con el pasado nazi y con operaciones ilegales de contrabando cultural. Es decir: los mismos que escondían cuadros robados, financiaban actos políticos con billetes sucios.
Cultura del ocultamiento
Lo que hoy estalla en Mar del Plata no es casualidad. Es la demostración de cómo el nazismo dejó huellas culturales en la Argentina: familias que nunca se despojaron de su botín, que siguieron blanqueando objetos y dinero en negocios legales, que se insertaron en la política como si nada.
El fiscal Martínez lo expuso en la imputación: hubo advertencias internacionales, búsquedas activas, alertas del FBI… y aun así Kadgien y Cortegoso siguieron ocultando la pintura. Esa conducta habla de un patrón heredado, de un ADN cultural: esconder, negar, lucrar.
Un espejo de país
La pintura Retrato de una dama debería estar en un museo, como memoria de lo que significó la barbarie nazi y el expolio a las familias judías europeas. En cambio, durante décadas durmió en la sala de una casa marplatense, custodiada por descendientes de cómplices, los mismos que, ya en democracia, se acercaron a financiar campañas de un presidente que hoy rompe vedas, insulta periodistas y gobierna como si la historia no existiera.
La pregunta es inevitable: ¿cuánto del dinero que circula en la política argentina está manchado por estas historias? ¿Cuántas otras piezas robadas siguen escondidas en galerías privadas, casas de familia o depósitos portuarios?