arteba 2025: la feria del blanqueo cool
La 33ª edición de arteba abrió sus puertas en Costa Salguero con la promesa de “un lenguaje humano” y “un encuentro cultural”. Pero apenas se rasca la superficie del marketing elegante, lo que se ve es lo mismo de siempre: un shopping del arte disfrazado de feria internacional, donde el capital financiero, los bancos y las tarjetas de crédito mueven los hilos detrás de las paredes blancas y las copas de espumante.
El arte como mercancía
Más de 400 artistas, 67 galerías, 16 ciudades representadas. La cifra impacta, la puesta es monumental, pero el trasfondo es un déjà vu repetido. Arteba se presenta como una plataforma para la cultura argentina y latinoamericana, pero en la práctica funciona como un centro de comercialización donde la obra deja de ser un acto creativo y pasa a ser un activo, un valor refugio, un commodity de lujo de lo más berreta para gente que no sabe ni escribir.
Detrás del discurso sobre diversidad y encuentro se esconde el negocio puro: galeristas con contactos aceitados, coleccionistas con dólares que necesitan justificar, bancos que ponen el sponsor para limpiar imagen, y narcodólares que encuentran en una tela colgada una forma rápida de blanqueo. No es casual que la feria esté sostenida por las mismas caras, los mismos apellidos, los mismos lobbies. Como diría Discépolo, “los chetos nos han igualao”.
La Ciudad y el maquillaje institucional
MuseosBA participa con un stand, mostrando obras de Matías Kavu y Cotelito, artistas que juegan con el filete porteño y sus derivas contemporáneas. La propuesta incluye visitas guiadas y actividades para un público curioso. La Ciudad de Buenos Aires se planta ahí como garante de un relato: los museos ya no son mausoleos del pasado, dicen, sino espacios activos en diálogo con el presente.
El jefe de Gobierno, Jorge Macri, pasó por la inauguración acompañado de su gabinete. Declaró: “Queremos seguir posicionando a Buenos Aires como capital cultural global”. El problema es que ese posicionamiento se construye más en función de atraer turismo premium y negocios de exportación de arte que de fomentar una escena auténtica para los artistas que se matan de hambre en sus talleres.
Un shopping disfrazado de feria
El visitante que recorre los pasillos de Costa Salguero se encuentra con stands que parecen boutiques minimalistas: luz blanca, paredes impolutas, obras con etiquetas que no hablan de técnica ni de historia, sino de precio. El sistema bancario y las fundaciones privadas hacen su agosto: pagan el alquiler del espacio, financian la producción y se llevan, a cambio, la cuota de prestigio y lavado social.
La organización de arteba se defiende: “Nuestra condición de organización sin fines de lucro nos permite contar con patrocinio público y privado y trabajar en el largo plazo”. Pero la paradoja es evidente: el arte se vuelve una excusa, un decorado donde circula el dinero de siempre. Los artistas emergentes quedan colgados como vidrieras de una maquinaria que los usa para legitimar operaciones que poco tienen que ver con lo estético.
El lado oscuro del glamour
Discursos sobre “inclusión cultural” y “ecosistema de arte” adornan los comunicados oficiales. Pero en la práctica, arteba no deja de ser el mismo evento de siempre: una vidriera de galerías VIP donde el público masivo es convidado de piedra. Una feria donde se blanquea capital narco, donde los bancos lavan su imagen con copas de espumante y donde la clase alta se da un baño de progresismo chic mientras paga con tarjeta black.
La paradoja es cruel: el arte, que debería ser grito, subversión, memoria y resistencia, se vuelve un código de barras. Se mide en metros cuadrados, en dólares y en contactos. Y el sistema sonríe, porque mientras más cara sea la obra, más útil es para mover dinero. El arte deja de interpelar y se convierte en planilla contable.
Epílogo
Arteba 2025 confirma que el mercado cultural argentino está cada vez más colonizado por el capital financiero y por las mismas redes de poder que gobiernan todo lo demás. Es la feria de los que pueden pagar la entrada simbólica al club del lujo blanqueado. Los artistas, muchas veces, no son más que la excusa para legitimar un sistema que convierte a la cultura en shopping y al talento en moneda.
Lo dijo Santos Discépolo hace casi un siglo y todavía resuena: “Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor”. En arteba, todos juegan el mismo juego: los galeristas, los banqueros, los políticos, los narcos con frac y hasta los artistas que se prestan a posar en la foto. El arte, en esta feria, no habla: factura.