En cada pincelada, en cada piedra de un barrio, en cada melodía callejera, late la pregunta eterna: ¿qué somos si no recordamos?
Vivimos tiempos en los que la cultura parece correr a la velocidad de un dedo deslizando en una pantalla. Todo es inmediato, efímero, brillante como un relámpago que no deja rastros. Sin embargo, hay una resistencia silenciosa, casi heroica, que persiste en las calles, en las galerías escondidas, en los nombres de los viejos cafés: el arte como acto de memoria, como declaración de pertenencia.
No es casual que, en medio del vértigo, vuelvan a florecer espacios como el Parque de la Memoria, o ciclos como Generala de Ases, donde distintas disciplinas se trenzan en una misma trinchera: la de no dejar que la historia, ni la pequeña ni la grande, se nos escape de las manos. Pintar, tocar, escribir, cantar, bailar… es sostener, contra viento y algoritmo, que hay cosas que no se negocian. Que la belleza, la verdad y el dolor merecen ser nombrados una y otra vez, aunque duela, aunque incomode.
¿Qué valor tiene un barrio como Palermo, o Colegiales, si olvidamos las voces que alguna vez lo habitaron?
¿De qué sirve la modernidad si no sabemos quiénes fueron los que sembraron esas calles de adoquines y de ausencias?
Quizás, ser culto hoy no sea acumular datos como quien junta monedas, sino tener la sensibilidad de sentir el pulso antiguo en la sangre nueva. No todo lo viejo es sagrado, claro —y acá viene nuestra dosis saludable de escepticismo—, pero hay una sabiduría en las tradiciones que no debería tirarse por la ventana solo porque alguien inventó un filtro nuevo en TikTok.
Como decía Borges, “el olvido es la única venganza y el único perdón”, pero también es, paradójicamente, el peor castigo si lo aplicamos sin criterio. Recordar no es quedarse en el pasado: es usarlo como brújula para no perdernos en el futuro.
Por eso, celebremos a los artistas que todavía pintan paredes, a los músicos que aún afinan sus guitarras en plazas vacías, a los poetas que escriben como quien siembra. Son ellos —somos nosotros— quienes defendemos, sin pedir permiso, el arte de no olvidar.
¿Y vos?
¿De qué cosas no estás dispuesto a olvidarte?