El mundo del tatuaje: Origen, desarrollo, estilos y actualidad

Entendemos en mayor profundidad el arte del tatuaje y como fue su evolución a lo largo de la historia humana.

El sonido del motor es lo primero que llama la atención de los clientes cuando asisten a un estudio de tatuajes. Ese ruido similar al del taladro de un dentista, pero que no causa pánico, todo lo contrario, trae gratos recuerdos a los aficionados de los tatuajes. Grandes, pequeños, ‘Old School’, que mantienen estilos tradicionales y ‘New School’ en los que destaca el color. Cada grabado es una historia diferente que se queda impresa en la piel.

Para empezar deberíamos entender que es y como se hace un tatuaje. Éste está marcado en la piel y no de manera superficial. La aguja traspasa la primera capa de la piel (epidermis) y deposita la tinta en la segunda capa (dermis). Esta es la primera razón para que estos dibujos sean permanente y no se borren con el tiempo, la profundidad en la que se inyecta la tinta.

La aguja ingresa aproximadamente 3,5 milímetros, pero esta no es una medida estándar, todo está en manos del tatuador. Algunos aplican la aguja con más fuerza o más profundo, dependiendo de la técnica y la experiencia, explica. Otra razón para que un tatuaje permanezca imperecedero en el cuerpo es la tinta.

En el pasado, cuando los tatuajes no eran comunes, se usaban el hollín de las velas o tinta hecha a base de metales pesados que eran perjudiciales de la salud. En la actualidad, la tinta está elaborada a base de elementos vegetales que no son nocivos para la salud. Estas tintas se impregnan en la piel y en la sangre, con el paso del tiempo el cuerpo trata de eliminar la tinta, pero las células absorben los pigmentos, que no se eliminan, y se quedan marcados en la dermis.

La experiencia es la clave para que los tatuadores sepan hasta dónde deben introducir la aguja cuando están trabajando. Si la aguja no entra lo suficiente, puede que el tatuaje no cicatrice bien o luzca muy débil. Un tatuaje bien hecho tardará entre una y dos semanas en cicatrizar.

Pero si la aguja entra demasiado en la piel también tiene consecuencias. Las líneas pueden lucir brotadas y perder la estética del dibujo, también pueden verse muy gruesas y la tinta esparcirse por la piel. La mejor manera de evitar estos errores es la experiencia del tatuador.

El origen del tatuaje no se sabe con exactitud, ya que se cree que este arte era conocido por numerosas culturas alrededor del mundo, pero practicado de forma diferente. Se apunta a los hombres euroasiáticos del periodo Neolítico como los primeros “tatuadores”, hace más 5 mil años, a juzgar por los restos encontrados a finales del siglo XX, en Siberia y el delta del Danubio. 

A partir de entonces, se sabe que en Egipto, lugar del que provienen los pigmentos de henna (que se convertiría también en un fenómeno en el sur de la India), las mujeres eran tatuadas para representar su estatus social y muchos momias eran marcadas.

Estos individuos momificados naturalmente son del periodo predinástico de Egipto, la era anterior a la unificación del país por el primer faraón alrededor del 3100 aC. Toda la piel visible de estas personas momificadas fue examinada en busca de signos de modificación corporal como parte de un nuevo programa de conservación e investigación.

La momia masculina, conocida como ‘Hombre Gebelein A’, ha estado en exhibición en el British casi continuamente desde su descubrimiento hace unos 100 años. Las tomografías computarizadas previas mostraron que era un hombre joven (18-21 años de edad) cuando murió de una herida de arma blanca en la espalda.

Manchas oscuras en su brazo, que se veían como débiles marcas bajo la luz natural, habían permanecido sin examinar. La fotografía infrarroja reveló recientemente que estas manchas eran, de hecho, tatuajes de dos animales con cuernos que se superponían un poco.

Estilo “Old School”

Al mismo tiempo, la cultura celta y germánica utilizaban el arte del tatuaje con fines bélicos; los japoneses tatuaban figuritas de barro que acompañaban a los difuntos en su camino al paraíso, y los aztecas tatuaban especialmente a los niños con tal de rendir tributo a dioses como Quauhtli.

También los asirios y los fenicios echaron mano de estas prácticas. Se tatuaban la frente con signos alusivos a la divinidad, uso religioso que se prolongó a lo largo de los siglos y que todavía perduraba en Italia a principios del XX. Las mujeres bretonas se tatuaban la piel, y los hombres de Bretaña que luchaban contra Julio César, se teñían de azul con la hierba pastel.

Como sucede con otras muchas formas de expresión, el catolicismo y la férrea mentalidad de la Edad Media llegó a prohibir los tatuajes, concebidos como una mutilación al cuerpo heredado por Dios. Esta condena  fue seguida también durante el período de colonización que precederían a este oscuro tramo, en el siglo XV.

Al llegar a las islas de la Polinesia o el Nuevo Mundo, los colonizadores europeos fueron exterminando este arte de las pieles nativas, si bien, en 1771,  el explorador Thomas Cook exportó el arte a la alta sociedad occidental, simbolizando un nuevo movimiento en el mundo del tatuaje.

Volvía de Tahití y con él arribaban a la palabra tattu, de origen polinesio, y una serie de aborígenes con el cuerpo repleto de tatuajes y que fueron exhibidos en la capital inglesa como atracción en barracas de feria.

No tardaron en surgir imitadores, y tanto proliferó la costumbre que en los alrededores de los puertos de mar surgieron los tatto parlors (salones de tatuaje). Afortunadamente para los amantes del tatuaje en 1891 se inventó el tatuaje eléctrico, técnica novedosa que convirtió a Estados Unidos en el centro mundial del diseño tatuístico.

Por entonces, convictos y desertores eran tatuados con fines idénticos a los que se seguía en el marcado del ganado. Técnicas que aplicaron en la primera mitad del XX, los nazis en sus campos de concentración, y los soviéticos en sus gulags siberianos.

Los marineros fomentaron la cultura del tatuaje extraída de exóticas tierras como Gabón y Nueva Guinea, cuyas tribus practicaban el tatuaje, o la islas polinesias de Samoa o Tahití donde posiblemente encontramos la influencia más directa de los tatuajes actuales. De hecho, la palabra tatuar procede del vocablo tatau, el cual significa “marcar algo”. Se cree que los polinesios o maoríes lucían tatuajes con fines ceremoniosos, religiosos y bélicos, si bien estos también exportarían su arte hasta los actuales Estados Unidos antes de la colonización.

A partir de entonces comenzó a existir una concepción diferente del tatuaje en Occidente. El primer tatuador oficial conocido en Occidente fue Martin Hilderbrandt, el tatuador oficial de los bandos de la Guerra Civil Americana. A partir de entonces los tatuajes eran lucidos por bohemios de los bajos fondos y artistas circenses,  permaneciendo dormido para el gran público hasta los años 70.

A partir de esta década, impulsado por el movimiento hippy y una particular revolución de la libertad de expresión, el tatuaje volvió a aparecer en Occidente hasta convertirse en el fenómeno que sigue siendo hoy día. En los años 60, gracias en parte a los ‘hippies’, el tatuaje comienza a ‘democratizarse’ de nuevo. La técnica de la micro pigmentación se convierte en la reina y se utiliza como práctica médica gracias al perfeccionamiento del material y la creación de tintas hechas a base de óxido de hierro en suspensión de alcohol y glicerol.

Los orígenes e historia del tatuaje se remontan incluso 12 mil años atrás, aunque los primeros restos daten de hace 5 mil años. Un arte practicado por diferentes culturas, castigado durante ciertos períodos (casualmente de fuerte religiosidad) y rescatado de tierras exóticas hasta prevalecer en pleno siglo XXI. Y es que el tatuaje actual es el perfecto resultado de su propia historia.

A todo lo dicho, hasta aquí se une el simbolismo social del tatuaje incluso como signo de nobleza. Cuenta Herodoto, que entre los tracios, estar marcado con un tatuaje era signo de distinción social, y que no estarlo era de gente vil o de baja extracción. No obstante este uso, el rey persa Jerjes, marcaba con su sello a los prisioneros de guerra, relegándolos a la esclavitud. En Roma a los esclavos se les tatuaba en la frente con el sello de su dueño.

Estilo Geométrico

Para disimular esa marca, surgió la moda del flequillo romano que cubría hasta las cejas, moda que luego se consolidó y extendió a toda la población joven. Si el esclavo era liberado trataba de quitarse el tatuaje, pero era peor el remedio que la enfermedad, porque se notaba aún más. Petronio, habla de esto en su Satiricón mediado el siglo I. También Ateneo de Naucratis, se fijó en ese detalle en su Banquete de los sofistas, lustros después.

Tuvo un uso muy frecuente entre los primeros cristianos tatuarse la cruz o el monograma de Cristo, y a pesar de que los Padres de la Iglesia y sucesivos concilios se opusieron a tales usos, éstos se prolongaron a lo largo de los siglos.

Entre sus usos diversos, el tatuaje también sirvió de cosmético, ya que en el fondo no es sino una pintura corporal indeleble que resultaba práctica. Era como llevar puesto el maquillaje. Los pueblos primitivos adornaron y adornan el cuerpo con pinturas, o se embadurnan con una mezcla de grasa y tierra colorada que les protege del calor y de los insectos.

Se pintan generalmente de rojo y amarillo con ocre, se dan tonos blancos con arcilla, consiguen el negro mediante el carbón o la pizarra bituminosa, el verde y el azul con malaquita. Luego se reproducían todo eso en los tatuajes, cuando las técnicas alcanzaban cierto grado sofisticado.

En relación con esto está la práctica de grabar los enamorados el nombre de la persona amada, o incluso la poética tradición de dejar constancia del objeto amoroso grabándolo en árboles o paredes como medio mágico de convertir el tatuaje en talismán defensivo. También tuvo que ver esta práctica con elementos sociales tan importantes como la venganza tribal: los miembros del clan se tatuaban en un ritual de hermanamiento.

Otros vínculos de pertenencia o adscripción son menos santos, como la práctica seguida por la mafia japonesa de tatuar a sus matones. El tatuaje oriental tiene que ver con la violencia y la guerra; también entre los polinesios.

En la actualidad la fuerza con que ha resurgido se debe a la publicidad, y a la importancia que por repercusión social más que por valía intrínseca tienen algunas personas que influyen en la masa. La gente se busca a sí misma, y como no se encuentra, quiere tener al alcance de la vista una seña de identidad personal que le recuerde su personalidad íntima.

Y en medio de este marasmo de nuevas razones, continúan las antiguas: hace años se marcaban en los troncos de los árboles de los paseos los nombres de nuestros amores. De la piel se pasó al tapial y al tronco del árbol, para regresar a la piel. El tatuaje proclama la fuerza del sentimiento y dice a todos, cuál es la naturaleza de nuestra actitud en la vida.

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