Jimena Barón reactivó un debate clave en el feminismo: la prostitución

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A horas del estreno de “Puta”, el videoclip de su nueva canción, sigue la polémica que la artista reactivó días atrás en las redes sociales sobre un tema controvertido: la prostitución. Entre abolicionismo y regulacionismo, aportamos a este debate nuestra tercera posición, distinta de ambas.

Días pasados, las redes estallaron sobre una cuestión que no siempre tuvo tanto eco mediático, pero que recorre la historia del movimiento feminista y disidente: la prostitución o el trabajo sexual. La discusión se desató con la campaña pública de Jimena Barón para presentar su nueva canción: carteles en las calles con una imagen suya al estilo “gata” y un número de teléfono. La campaña, transgresora para los cánones vigentes en este sistema capitalista y patriarcal, alude claramente al tipo de publicidad que utilizan muchas trabajadoras sexuales.

A la vez su nuevo tema se titula precisamente “Puta”, palabra cuyo significado, mucho más que el de otras, depende de quién y cómo la dice. Si en general se entiende por puta a una mujer que canjea sexo por dinero, en boca de mucha gente implica una descalificación machista, una condena moral hacia aquellas mujeres que viven su sexualidad a pleno aun sin comercio y, por el contrario, dicha por una trabajadora sexual es una reafirmación de su autonomía.

Ante la campaña de Jimena no sólo estalló el debate, sino también fuertes críticas y ataques personales sistemáticos, acusándola de legitimar la trata y de complicidad con la explotación sexual o proxenetismo. Por ejemplo, mientras Jimena declaró que “si hay algo que aprendí estos últimos años es que no existe precio más alto que el que debe pagarse socialmente por ser libre y mujer”, una reconocida figura de la lucha contra la trata, Susana Trimarco, mamá de Marita Verón, aseveró: “Las prostitutas venden su libertad, su cuerpo y su alma”, extendiendo la crítica hacia éstas. Asimismo, algunos medios fustigaron la publicidad afirmando que así la cantante igualaba todo servicio sexual, sea voluntario o forzado.

Nuestra primera reflexión es solidarizarnos con Jimena Barón y repudiar los ataques, como parte de la defensa elemental y democrática de la total libertad de expresión y de nuestra oposición frontal a cualquier tipo de censura contra la libertad artística. Ella, como toda otra persona de este país y de este mundo, tiene pleno derecho a hacer la obra que quiera, a titularla y a publicitarla como quiera, y disponer de su imagen y de su propio cuerpo como quiera. Lo mismo hacia las trabajadoras y trabajadores sexuales y sus organizaciones, como AMMAR, que también son blanco de impugnaciones machistas e injustas.

A partir de ese posicionamiento, creemos que el debate puede clarificar y avanzar hacia una nueva síntesis, a la vez que precisar qué tipo de feminismo fortalecer en esta etapa, en el marco de la cuarta ola feminista y disidente internacional. En ese sentido, como primera referencia ineludible en tanto que socialistas, reafirmamos que nuestro principal enemigo es el sistema capitalista y patriarcal, padre de toda explotación, opresión y demás violencias. No son nuestros enemigos los varones ni, menos aún, las putas. Es dicho Estado, desde sus gobiernos, instituciones, iglesias y funcionarios, el que nos condena a las mujeres a la doble opresión, nos esclaviza y nos prohíbe la libre decisión sobre nuestros cuerpos.

A su vez, como parte de una generación atravesada por la revolución feminista, tenemos que repensar cada posición en virtud de dar respuestas adecuadas a fenómenos que resignifican las categorías de otros tiempos. La realidad está en movimiento permanente y desde allí hay que aplicar el pensamiento crítico para elaborar colectivamente propuestas para combatir tanto a nuestro enemigo sistémico como a uno de sus peores flagelos: la trata y la explotación sexual.

La opresión machista nos puede costar la vida

En esta sociedad capitalista y patriarcal, a las mujeres se nos imponen las tareas de reproducción y cuidado. Y se nos valora por “cumplirlas”:parir, criar, limpiar, cocinar, lavar y demás. Para eso nos formatean desde la infancia a fin de atender al varón para que trabaje hoy y a les hijes para que trabajen mañana, siempre al servicio de las ganancias de la clase social dominante.Ese trabajo doméstico femenino gratuito tiene un alto valor económico, del que se benefician los capitalistas, así como se apropian de la plusvalía al explotar a la clase trabajadora. También se nos impone el rol de satisfacer al hombre, por lo que para una mujer tener sexo es un valor “positivo” si se hace con quien, como y cuando “nos corresponde” según el estereotipo heteropatriarcal, pero “negativo” si pretendemos salirnos de él de alguna manera.

Sin duda las mujeres hemos avanzado en muchos aspectos producto de nuestras luchas, pero nuestra libertad aún es condicionada, coartada. En el caso de nuestro país, por ejemplo, en el siglo XXI todavía ni siquiera tenemos la soberanía sobre nuestros cuerpos para ejercer el derecho de abortar.

En esta sociedad, el concepto de amor las y relaciones sentimentales giran en torno a un eje: sostener la propiedad privada de las personas –mi “media naranja”- como modelo hegemónico, encubierto bajo el colorido celofán del amor romántico. Al entrar en una relación, las mujeres de hecho pasamos de ser propiedad del padre para serlo de un nuevo hombre, novio, pareja, esposo. El amor realmente libre, en donde todes seamos sujetos y nadie sea objeto de nadie, en donde sea natural iniciar o poner fin a una relación, es incompatible con las exigencias del capital. Por eso rige una doble moral, que pregona “el amor de Cupido para siempre” mientras condena la libertad sexual de las mujeres y las disidencias, nos considera objetos sexuales y ampara desde el Estado la explotación sexual. Por eso los noviazgos violentos, los celos tóxicos, la violencia de género del “sos mía”. Y por eso si un hombre tiene sexo con varias mujeres es considerado “un piola”, pero si una mujer tiene sexo con varios hombres -o peor aún, mujeres- es tildada de “puta”.

Cuando alguna de nosotras tomamos decisiones que cuestionan tales mandatos sociales y desnudan semejantes mentiras, el ataque es sistemático. La violencia de género y los femicidios, las violaciones y el acoso sexual, las muertes por aborto clandestino, la trata y la esclavitud sexual son expresión de cuánto nos puede costar ser mujeres.

Ni abolicionismo ni regulacionismo: una tercera posición

El tema prostitución-trabajo sexual ha abierto una grieta en las categorías que el movimiento feminista maneja desde hace décadas, que algunos sectores consideran irreconciliable. Creemos que la forma de superar esa dicotomía es avanzar hacia una síntesis programática que sirva para combatir la trata y el proxenetismo, por supuesto sin criminalizar a quienes ejercen la prostitución en forma autónoma, y que al mismo tiempo aporte a la lucha antisistema. Con el abolicionismo y el regulacionismo tenemos coincidencias en algunos puntos parciales, pero no obstante diferimos globalmente de ambas posturas.

Con el abolicionismo coincidimos en luchar por abolir las razones socio-económicas estructurales que empujan a la prostitución. Pero para nosotres esa causa de fondo es el sistema hoy imperante, que es capitalista y patriarcal a la vez. El canje de sexo por dinero nació en la sociedad hace muchos siglos atrás como contracara, “compensatoria” para el hombre, aclarémoslo, de la monogamia impuesta con la familia heterosexual patriarcal. Y ésta nació a su vez junto con la propiedad privada de los medios de producción y la división de la sociedad en clases. Como feministas socialistas, luchamos por abolir todo ese modelo. En consecuencia, apuntamos también a abolir dicho canje y que ninguna persona deba aportar su cuerpo y cumplir servicios sexuales al antojo del cliente para poder sobrevivir.

Pero los sectores abolicionistas dogmáticos a menudo igualan equivocadamente prostitución a trata y explotación sexual, cayendo en un prohibicionismo y un punitivismo que estigmatizan a las trabajadoras sexuales que lo ejercen por su voluntad. Además, hacen más hincapié en perseguir a las prostitutas o a sus clientes que en denunciar y combatir el amparo del Estado a las redes de trata y explotación sexual. Como todo delito económicamente organizado (o sea el que se comete no una vez sino que perdura en el tiempo, por lo cual requiere ese amparo), dichas redes delictivas no podrían funcionar sin la connivencia y/o la complicidad policial, política y judicial. Igualar a una trabajadora sexual con la trata la pone en riesgo y solo fortalece los pilares de un patriarcado que nos quiere divididas, sumisas y devotas.

A su vez, con el llamado regulacionismo coincidimos en la necesidad de lograr derechos efectivos de salud, sociales y previsionales para las personas que se dedican a la prostitución por voluntad propia, al tiempo que rechazamos toda forma de persecución policial, judicial o moral en contra de ellas. Lo que no compartimos es el concepto de trabajo sexual ni que signifique un “empoderamiento” para quien lo ejerce. Si bien dentro de este sistema todo trabajo asalariado implica alienar en forma total o parcial nuestros cuerpos y mentes, poner en juego la sexualidad y la subjetividad por plata no constituye ningún trabajo socialmente útil, sino que en su gran mayoría constituye una mercantilización del cuerpo femenino al servicio del placer masculino.

Por estas razones creemos necesario dar lugar a una tercera mirada, diferente, que dé respuestas concretas a los problemas actuales y asimismo tenga como norte un cambio social de fondo. En ese sentido, entre otros puntos, en nuestro programa proponemos: “Combate a las redes de trata y proxenetismo y su amparo estatal, y planes de reinserción social a las víctimas. Alternativas de empleo para quienes deseen dejar la prostitución y derechos sociales a las trabajadoras sexuales”[1]. Como estrategia, queremos una sociedad en donde las mujeres cis o trans, las disidencias y todas las personas podamos ser libres para decidir sobre nuestros cuerpos y nuestras vidas, erradicando toda explotación y opresión: una sociedad socialista.

Desde Juntas y la Izquierda esperamos haber aportado a este debate candente y necesario, e invitamos a que juntas demos la pelea por todos nuestros derechos hasta que el patriarcado caiga con el capital.