Cómo entender el arte hoy

A veces la gente se enoja cuando ve una obra de arte y no la entiende o le molesta tener que leer el texto que la acompaña para comprenderla. Pero si quieren ver algo que sea directo y fácil de entender, ¿para qué ir a una galería o un museo? Para eso se puede leer el diario, navegar en internet o abrir Facebook. Pero eso no es una obra de arte, una obra de arte tiene que hacernos pensar, o mejor dicho debe hacernos pensar.

En nuestro siglo XXI, aunque las colas en los principales museos del mundo dan vuelta a la manzana, como aquí sucede también en “La Noche de los Museos”, el museo sigue siendo visto para la mayoría de las personas como un templo, un lugar de culto que hay que ingresar en silencio. El museo tiene ese aura de sacralidad. Hay un preconcepto (sobretodo ligado al arte moderno y más aún al contemporáneo) que para ver arte hay que saber mucho de arte. Porque sino el espectador entra al espacio de exhibición, da una vuelta y se va a su casa con la sensación de no haber visto nada, o una sensación de confusión. La famosa frase que se escucha de vez es cuando es “pero si esto lo puede hacer hasta mi mamá”.

Analicemos estos preconceptos: En primer lugar ni su mamá ni mi mamá hicieron la obra. En segundo lugar, para ver arte no necesariamente hay que saber mucho de arte, sino al menos eso sí, saber que lo que se está viendo es efectivamente una obra de arte. Y en tercer lugar los museos invierten gran parte de su presupuesto en atraer más público, lo que más quieren hoy es alejarse de esa idea de lugar sagrado, y por eso realizan entre otras cosas, eventos nocturnos con alcohol y música cual bares de moda.

Si vamos a la historia, cuando en 1913 Duchamp realiza una obra compuesta por una rueda de bicicleta y una banqueta, claramente los conceptos clásicos para evaluar el arte caducaron. Pero Duchamp no se quedó ahí. En 1917 presenta un mingitorio puesto del revés con el título de “Fuente” para la exposición de la “Sociedad de Artistas Independientes” de Nueva York. Ante el horror del comité la obra es expuesta detrás de una cortina.
Duchamp era un gran artista, y de hecho hizo esos gestos para reírse del mundo del arte.

Otro caso actual es Banksy, un artista urbano al que no se le conoce la cara. Pero mientras que él como persona no es famoso, sí lo es su arte, que critica y satiriza a la sociedad de consumo y la globalización. Éste se hizo tan conocido —y tan valuado por el mundo del arte— que se han juntado expertos en restauración para remover sus obras de las paredes de la calle y venderlas en las casas de subastas por casi medio millón de dólares, alegando que en la calle las obras se iban a deteriorar y que en la galería se conservarían mejor. Si bien esto es cierto, el artista pintó la pared de la calle para las personas que pasan por allí, no para que un coleccionista se la lleve a su casa como inversión.

Existe por un lado el valor del arte en el mercado y por el otro el valor de una obra que se relaciona con el sentir desde lo individual, lo que nos pasa cuando la observamos, cuando nos conectamos con ella.
Mientras que en el arte clásico era muy fácil definir qué era arte, regido por la categoría de lo bello (lo lindo o lo feo), esas categorías hoy se encuentran en desuso. Hoy el arte nos desafía a pensarlo. No meramente contemplarlo desde los sentidos, sino a reflexionar sobre él.

Entonces para entender el arte hay que detenerse y hacer un trabajo, un trabajo intelectual. Esto no quiere decir que no podamos simplemente gozar estéticamente de una obra, sea por sus colores, sus formas o sus texturas. Pero como decía John Berger: “lo que sabemos o lo que creemos afecta en el modo que vemos las cosas”. Y un mayor conocimiento significará una mayor profundidad con las obras.

Sabemos que hay cosas que van más allá de la explicación. No podemos explicar por qué amamos a alguien, a lo sumo podemos enumerar una lista de cosas positivas de esa persona, que no necesariamente demuestra el porqué de nuestro amor.

Lo mismo pasa con el arte. Es esa conexión con una obra que va más allá de las palabras que podamos decir. Es eso que nos hace querer tener la obra cerca nuestro pero sin saber exactamente por qué. ¿Por qué esta obra y no la otra? Otra persona pasa por al lado y sigue su camino sin que nada le pase. Pero algo me hace a mí permanecer allí con ella. Es a lo que se refería Heidegger cuando decía que la obra de arte habló. Este filósofo apuntaba, que una obra de arte es auténtica cuando expresa el mundo, no solo el mundo interior del artista, sino su mundo exterior. Algo particular (del artista) se transforma en algo universal (de todos), eso que hace al espectador sentirse parte. Y ahí es cuando unas formas y unos colores en una tela dejan de ser puros elementos formales, para transformarse en el contenido de una obra de arte que me dice algo que entiendo. Algo que quizás no siempre pueda nombrarlo con palabras, o contarle a otro, pero sé que me gusta y me hace feliz; y al igual que en el amor, me hace sentir que mi vida ya no es la misma desde que la conocí.

Lic. Florencia Da Valle
Curadora de arte

Florencia dicta un Curso Inicial de Historia del Arte en Palermo que comienza el 21/8 de 4 clases.
Más información: holaescueladearte@gmail.com